La caída global en los costos del almacenamiento a gran escala impulsa un cambio de paradigma local. Los programas Alma-GBA y Alma SADI suman proyectos por más de 1.400 MW con el objetivo de sustituir la generación térmica cara y optimizar el transporte eléctrico sin esperar obras de 500 kV.
Durante la última década, la transición energética global estuvo marcada por la expansión acelerada de las fuentes eólica y solar. Sin embargo, la intermitencia inherente a estas tecnologías expuso de manera temprana una restricción estructural: la rigidez de los sistemas de transporte y la variabilidad de la curva de demanda.
En ese marco, los sistemas de almacenamiento de energía mediante baterías (BESS, por sus siglas en inglés) pasaron de ser una solución de nicho técnico para la regulación de frecuencia a convertirse en la infraestructura crítica que define el funcionamiento del mercado eléctrico moderno.
Según datos recientes de la Agencia Internacional de Energía (IEA), la capacidad de almacenamiento instalada a nivel global registra incrementos interanuales que superan el 100%, impulsada por una dinámica económica insoslayable: el costo de los paquetes de baterías de ion de litio experimentó una caída cercana al 90% desde 2010.
Esta drástica reducción de costos convirtió a los sistemas BESS en una opción competitiva no solo para evitar el vertimiento de energía renovable (curtailment), sino para desplazar bloques enteros de carga durante períodos de 4 a 8 horas, compitiendo de forma directa con la generación térmica de punta.
El almacenamiento dejó de concebirse únicamente como un complemento de los parques solares o eólicos para operar como un activo independiente de red.
Las baterías brindan servicios de control de tensión, arranque en negro (black start) y, fundamentalmente, alivio de congestión en nodos saturados. Es precisamente este último atributo el que encuentra una aplicación directa y urgente en la Argentina.
El Sistema Argentino de Interconexión (SADI) padece un diagnóstico largamente documentado: la saturación de sus corredores de alta tensión. La construcción de nuevas líneas de 500 kV demanda plazos de ejecución de entre cuatro y cinco años, requerimientos de capital intensivos y complejos procesos de licenciamiento.
En este escenario, la incorporación de baterías estratégicamente ubicadas actúa como un «amplificador» de la red existente, permitiendo inyectar potencia en los nodos de mayor consumo sin saturar las líneas de transmisión distantes.
Alma-GBA y Alma SADI, las primeras experiencias de peso de las baterías eléctricas
El salto conceptual en la política energética nacional se cristalizó a través de las convocatorias impulsadas por la Secretaría de Energía y gestionadas por Cammesa: los programas Alma-GBA y Alma SADI.

El proceso Alma-GBA se convirtió en la prueba piloto a gran escala en el país. Diseñado para mitigar las restricciones operativas en el Gran Buenos Aires durante las semanas de alta demanda estival e invernal, el esquema licitatorio recibió ofertas por 1.347 MW -triplicando el requerimiento inicial- y derivó en la adjudicación de más de 710 MW distribuidos en nodos críticos del AMBA.
Con una inversión privada estimada que supera los 540 millones de dólares, el proyecto busca reemplazar la costosa generación de emergencia basada en combustibles líquidos por potencia almacenada.
El éxito de concurrencia de este modelo se reconfirmó con la licitación Alma SADI. La convocatoria nacional registró ofertas técnicas por más de 8.300 MW (más de 11 veces la potencia requerida) y culminó con la adjudicación de 700,5 MW repartidos en 20 proyectos a lo largo de siete regiones estratégicas del país, desde el NOA y el NEA hasta el Litoral y la provincia de Buenos Aires.
Esta primera etapa proyecta inversiones por aproximadamente 700 millones de dólares a cargo de actores centrales del mercado generador.
Desde la perspectiva del análisis económico, la incorporación masiva de BESS mediante esquemas de contratación de potencia con las distribuidoras o con el Mercado Eléctrico Mayorista (MEM) altera la lógica del costo marginal del sistema.
Durante los picos de demanda, el despacho debe recurrir a turbinas de gas ineficientes o a centrales térmicas alimentadas con gasoil y fuel oil importados, cuyo costo variable resulta marcadamente elevado.
Las baterías permiten almacenar energía durante las horas de baja demanda -o durante las horas de máxima radiación solar en regiones como el NOA y Cuyo- a un costo marginal sustancialmente menor, para luego inyectarla durante las cuatro horas de mayor requerimiento del sistema.
Este proceso de arbitraje y aplanamiento de la curva de carga no solo mejora la calidad y confiabilidad del servicio reduciendo el riesgo de cortes, sino que reduce de forma directa el costo medio de generación del sistema y la exigencia sobre las cuentas públicas en materia de subsidios energéticos.
La convergencia entre la tendencia global de reducción de costos tecnológicos y la necesidad local de optimizar una red eléctrica con restricciones físicas transformó a las baterías en una herramienta macroeconómica y operativa indispensable.
La respuesta de la inversión privada en las licitaciones Alma-GBA y Alma SADI demuestra que el almacenamiento no forma parte del debate teórico sobre el futuro de la energía en la Argentina, sino de la agenda le infraestructura para garantizar la sostenibilidad del sistema.






