Las crecientes tensiones geopolíticas, las limitaciones del sistema y el aumento acelerado de la demanda están redefiniendo las prioridades: la seguridad energética, la asequibilidad y la resiliencia del sistema se convierten en principios de diseño cada vez más relevantes. Esto no refleja un abandono de los objetivos de la transición, sino el reconocimiento de que el progreso no puede sostenerse sin bases más sólidas.

En su decimosexto año, el Índice de Transición Energética (ETI) realizó un seguimiento de los sistemas energéticos en 120 países mediante 44 indicadores. Evaluó tanto el desempeño actual del sistema -en términos de seguridad, sostenibilidad y asequibilidad– como la preparación para la transición, incluyendo las condiciones políticas, financieras, de infraestructura e innovación necesarias para mantener el progreso a lo largo del tiempo.

El informe ETI de este año destaca tres señales clave. En primer lugar, una pausa. El progreso general se estancó y la preparación para la transición disminuyó por primera vez en más de una década, lo que indica un debilitamiento de los cimientos necesarios para los avances futuros.

En segundo lugar, la creciente presión. La transición está marcada por tensiones acumuladas: fragmentación geopolítica, volatilidad de la oferta y los precios, aceleración de la demanda y concentración de capital en un número limitado de mercados, mientras que las economías de alto crecimiento siguen sin estar bien atendidas.

En tercer lugar, un cambio de prioridades. La seguridad energética se perfila como un factor determinante de la competitividad.

Los países que integran la resiliencia en el diseño de sus sistemas están mejor posicionados para atraer inversiones y mantener su implementación, pero corren el riesgo de aumentar la divergencia regional.

El escenario de este año muestra una transición bajo presión, donde el crecimiento energético continuo se ve cada vez más desafiado por perturbaciones externas y limitaciones estructurales. El progreso se está fragmentando de manera alarmante: solo el 24% de los países evaluados mejoraron simultáneamente en seguridad, asequibilidad y sostenibilidad.

A pesar de este panorama, las cifras principales siguen impresionando. La inversión mundial en energía alcanzó los 3,3 billones de dólares en 2025, las energías renovables junto a la nuclear generaron el 42% de la electricidad, y la capacidad renovable aumentó en casi 800 gigavatios (GW).

Sin embargo, estos avances se ven contrarrestados por demoras en la obtención de permisos, la congestión de la red eléctrica y una subinversión crónica en las economías emergentes.

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La seguridad energética ya no se limita al suministro de combustible, sino que abarca también las redes eléctricas, los minerales, la infraestructura y la fiabilidad sistémica.

Nuevas presiones agravan estos desafíos: a finales de 2025 y principios de 2026, las restricciones comerciales afectaron a 2,6 billones de dólares del comercio mundial, mientras que los controles a la exportación abarcaron más de la mitad de los minerales críticos para la transición.

La crisis energética y las asimetrías de desarrollo y costos de la transición

La interrupción del flujo energético a través del estrecho de Ormuz en 2026 puso de manifiesto estas vulnerabilidades de forma drástica, desencadenando una de las crisis de precios de la energía más graves desde 2022.

Este suceso obligó a las economías emergentes dependientes de las importaciones a tomar decisiones difíciles entre el acceso inmediato a la energía, su costo y la inversión a largo plazo.

En cuanto al rendimiento, la sostenibilidad avanzó a un ritmo más lento, aunque la eficiencia energética mejoró en 92 economías. En contraste, la seguridad fue la única dimensión que disminuyó (-0,9%), debido a una menor fiabilidad y a condiciones de suministro más débiles que ya eran previas al incidente de Ormuz.

La velocidad con la que se revirtieron las mejoras demuestra que se requieren soluciones estructurales y no meramente cíclicas, especialmente en un contexto donde la demanda aumenta rápidamente debido a la electrificación, la refrigeración, la infraestructura digital y los centros de datos con IA.

La trayectoria de preparación se tornó negativa en áreas críticas. Las finanzas y la inversión registraron la caída más pronunciada (-1,8%).

El problema real no radica en el volumen total de capital, sino en su distribución: el 75% de la inversión en energías limpias aún se concentra en unas pocas economías, mientras que los países que impulsarán el 80% del crecimiento futuro de la demanda eléctrica enfrentan costos de financiamiento dos o tres veces mayores.

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Una transición más lenta extendió la ventana de los hidrocarburos en el mundo. El famoso pick oil ya no tiene fecha cierta y se admite la necesidad de una larga convivencia con las renovables.

Por su parte, la regulación y el compromiso político disminuyeron un 1,2% debido a la incertidumbre política y a que la ambición superó la capacidad real de ejecución.

La innovación también se debilitó un 1,1%, ralentizando la difusión de tecnologías como la captura de carbono, el hidrógeno y el almacenamiento a largo plazo. Esto ensanchó la brecha entre lo que se construye y lo que los sistemas pueden absorber: actualmente, más de 2500 GW de proyectos están a la espera de conexión a la red en todo el mundo.

La ventana de oportunidad para consolidar estos cimientos sigue abierta, pero se está reduciendo rápidamente, y el gap entre los países que actúan en consecuencia y los que se quedan rezagados ya es visible en las métricas globales.

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