El Sistema Integrado Cristo Redentor, principal corredor bioceánico entre Argentina y Chile, volvió a entrar en fase crítica tras el cierre preventivo dispuesto desde ayer. De los últimos 60 días, estuvo sin operar más de 40.

El nuevo cierre del Paso Cristo Redentor, anunciado por la Dirección Nacional de Vialidad y la Coordinación del Paso Internacional, afecta tanto al tránsito liviano como al transporte de cargas, y se suma a una serie de interrupciones que vienen tensionando la logística regional desde mediados de julio.

“Las condiciones meteorológicas no permiten garantizar la seguridad del tránsito”, señalaron las autoridades al confirmar la clausura del corredor.

El cierre incluye el túnel internacional y los accesos desde ambos lados de la cordillera, y se extendería nuevamente hasta el lunes.

El fenómeno climático también obligó a mantener cerrado el Paso Pehuenche, en el sur mendocino, donde las nevadas acumuladas superan los 40 centímetros en algunos tramos.

La logística regional depende críticamente del Cristo Redentor; cada cierre es un golpe directo a la competitividad.

Con ambos corredores inhabilitados, el flujo de camiones que conecta los puertos chilenos del Pacífico con los centros productivos del centro y norte argentino quedó completamente detenido, generando un efecto dominó sobre la cadena logística.

Trabajos en sectores críticos

En Mendoza, los equipos de Vialidad trabajaron desde la madrugada en sectores críticos como Las Cuevas, Puente del Inca, Penitentes y Uspallata, donde la formación de hielo y la baja visibilidad complican las tareas de despeje.

Del lado chileno, Carabineros reportó condiciones similares en Los Libertadores, con fuertes ráfagas de viento blanco y acumulación de nieve en la zona del túnel.

Para el transporte internacional, el cierre implica nuevamente, reprogramación de rutas, sobrecostos operativos y demoras en entregas, especialmente para cargas perecederas y productos industriales que dependen de tiempos estrictos de tránsito.

Empresas de transporte estiman que más de 1.200 camiones diarios utilizan el Cristo Redentor en esta época del año, cifra que se incrementa por el movimiento turístico y por el aumento de exportaciones agrícolas.

En Uspallata, cientos de camiones permanecen detenidos en estaciones de servicio y playas de estacionamiento, mientras que en Potrerillos se habilitaron espacios adicionales para evitar que los vehículos queden sobre la ruta.

El impacto logístico se amplifica por la falta de rutas alternativas de alta capacidad. Si bien corredores como Pino Hachado (Neuquén) o Cardenal Samoré (Río Negro) permanecen operativos, su infraestructura no permite absorber el volumen del Cristo Redentor, lo que obliga a desvíos de más de 600 kilómetros y genera costos adicionales para las empresas.

Operadores del sector señalan que cada cierre prolongado del corredor genera pérdidas millonarias, tanto por la interrupción del flujo comercial como por el aumento de gastos asociados a combustible, horas de espera, mantenimiento y penalidades por incumplimiento de plazos.

“La logística regional depende críticamente del Cristo Redentor; cada cierre es un golpe directo a la competitividad”, advierten desde cámaras empresarias.

Puertos de Chile, saturados

El cierre también afecta la operación de terminales portuarias chilenas, especialmente San Antonio y Valparaíso, que dependen del flujo constante de camiones provenientes de Argentina.

La congestión en depósitos fiscales y zonas de transferencia se incrementó con los cierres del último mes y medio, según operadores del sector marítimo.

En paralelo, el Centro Único de Monitoreo Aduanero (CUMA) reforzó la vigilancia sobre depósitos y zonas primarias aduaneras para evitar saturación y garantizar la trazabilidad de cargas que quedaron detenidas.

Las autoridades recomiendan a los transportistas verificar el estado del paso antes de viajar, evitar desplazamientos hacia la cordillera y mantenerse atentos a los partes oficiales que se emitirán cada seis horas.

En este contexto, el cierre del Cristo Redentor vuelve a poner en evidencia la vulnerabilidad del corredor ante eventos climáticos extremos y la necesidad de avanzar en obras de infraestructura, ampliación de zonas de espera, incorporación de tecnología de monitoreo y protocolos binacionales más ágiles.

“La cordillera es un desafío permanente para la logística; necesitamos un sistema más robusto y resiliente”, coinciden operadores y especialistas del sector.

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