La reciente intervención militar de los Estados Unidos en Venezuela y la captura de Nicolás Maduro no solo representan un sismo geopolítico para la región. Para la Argentina, puede significar en el mediano plazo la aparición de un competidor importante en la pelea por el financiamiento y el capital del sector energético que requiere para el desarrollo de Vaca Muerta.
Mientras el gobierno de Donald Trump presiona a sus gigantes petroleras estadounidenses para que desembarquen con decenas de miles de millones de dólares en la infraestructura devastada del Caribe, surge el interrogante de si un eventual salvataje de la industria petrolera venezolana dejará resto en los mercados financieros internacionales para fondear la expansión de Vaca Muerta.
El análisis de esta crisis suele quedar atrapado en la volatilidad de los precios del crudo o en la retórica de la «liberación». Sin embargo, para la mirada estratégica de la industra del Oil & Gas, el eje del problema es el flujo de capitales.
El mercado financiero global no tiene recursos infinitos y el mandato explícito de la Casa Blanca a las compañías estadounidenses es que si quieren recuperar lo que les fue confiscado, deben poner la plata ahora para reconstruir Venezuela.
La reciente intervención militar de los Estados Unidos en Venezuela puede significar en el mediano plazo la aparición de un competidor importante en la pelea por el financiamiento y el capital del sector energético que requiere para el desarrollo de Vaca Muerta.
Donald Trump fue contundente al celebrar el fin del régimen chavista para dar lugar a que las petroleras de los Estados Unidos gasten «miles de millones de dólares» en arreglar una infraestructura que el propio sector describe como «destrozada». Esta demanda funciona como una orden de movilización de capitales.
Para las compañías del Norte, la posibilidad de volver a operar en un país con las mayores reservas probadas del mundo —y con refinerías en la Costa del Golfo ya adaptadas a ese crudo pesado— es una tentación que la administración republicana está transformando en obligación.

Aquí es donde la Argentina entra en una zona de riesgo. Vaca Muerta, nuestro gran activo de desarrollo, depende críticamente del acceso al financiamiento internacional para escalar su producción y construir las obras de evacuación necesarias.
Si el gobierno estadounidense activa mecanismos de garantía como el Banco de Exportación e Importación o la Corporación Financiera Internacional para el Desarrollo (USIF) para blindar las inversiones en Venezuela, el capital que antes buscaba oportunidades en el shale neuquino podría verse succionado por esta nueva «aspiradora» caribeña.
Donald Trump fue contundente al celebrar el fin del régimen chavista para dar lugar a que las petroleras de los Estados Unidos gasten «miles de millones de dólares» en arreglar una infraestructura que el propio sector describe como «destrozada».
Resulta evidente que la administración Trump busca desplazar la influencia de China en Venezuela y asegurar un suministro estable y cercano. Para lograrlo, el incentivo para las petroleras estadounidenses será la prioridad absoluta.
En este escenario, la Argentina corre el riesgo de quedar en un segundo plano de atención para los inversores de Houston y Nueva York.
La distorsión de mercado que puede jaquear el financiamiento de Vaca Muerta
Aunque los ejecutivos de la industria aún desconfían del estado de los campos venezolanos —deteriorados tras décadas de desinversión y mala gestión de PdVSA—, el peso político de la Casa Blanca es un factor de distorsión de mercado.
Si una empresa como Chevron o ExxonMobil se ve compelida a hundir US$10.000 o US$20.000 millones al año en la cuenca del Orinoco para «jugar» en el nuevo tablero venezolano, su presupuesto de capital para proyectos en el Cono Sur inevitablemente sufrirá recortes o postergaciones.

La Argentina no puede ignorar que la «joya de la corona» que representa Venezuela, una vez eliminado el riesgo político en la superficie, es un competidor directo por la misma billetera que financia Vaca Muerta.
La infraestructura venezolana requiere una reestructuración total, y ese proceso demandará un flujo de divisas tan masivo que podría secar la plaza para otros proyectos emergentes en la región.
Así, se explica que el problema para la Argentina no es el precio del barril hoy, sino la disponibilidad de crédito mañana. Mientras el mundo observa el desenlace militar en Caracas, en el mercado local se debe leer este proceso como una señal de alerta máxima. La competencia por el capital de riesgo acaba de volverse mucho más agresiva.
El mapa petrolero se está reconfigurando bajo una lógica de «Estados Unidos primero», y en ese nuevo esquema, la Argentina deberá extremar sus esfuerzos de competitividad y seguridad jurídica para no quedar como un espectador de una fiesta de inversiones que decidió mudarse al Caribe.





