Un megaproyecto fotovoltaico en Asia demostró que la generación eléctrica a gran escala puede ir de la mano de la recuperación de suelos degradados, abriendo una nueva agenda para regiones áridas y semiáridas del mundo. La experiencia ya es copiada en otras regiones del planeta.
Durante décadas, el desierto de Kubuqi —también conocido como Hobq— fue sinónimo de aridez extrema y degradación ambiental. La región, ubicada en el norte de China, llegó a ser llamada “el mar de la muerte” por la dificultad de sostener vida vegetal y humana en un entorno marcado por la erosión del suelo, los fuertes vientos y la escasez de agua.
Sin embargo, ese escenario comenzó a cambiar de manera radical en los últimos años, impulsado por una combinación poco habitual: paneles solares y restauración ecológica.
La combinación de infraestructura solar y vegetación produjo un cambio profundo en la dinámica del ecosistema. Bajo los paneles, el suelo comenzó a retener mayor humedad, se redujo la temperatura superficial y disminuyó la evaporación del agua.
Hoy, Kubuqi se transformó en el epicentro de uno de los proyectos de energía solar más ambiciosos del planeta, una instalación tan extensa que fue bautizada popularmente como “la gran muralla solar”.
Más allá de su aporte a la transición energética, el emprendimiento despertó el interés de la comunidad científica por una razón adicional: la posibilidad de que la infraestructura fotovoltaica no solo produzca electricidad limpia, sino que también contribuya a recuperar ecosistemas dañados por la desertificación.
Un experimento a escala real en pleno desierto
Con ese interrogante como punto de partida, un equipo de investigadores decidió evaluar de manera sistemática cómo interactúan los paneles solares con el entorno natural en condiciones extremas. El estudio se apoyó en un enfoque comparativo, utilizando tres formas distintas de ocupación del suelo desértico.
La primera consistió en la instalación de paneles solares directamente sobre la arena, sin intervención vegetal relevante.
La segunda alternativa fue la plantación de arbustos resistentes al clima árido, una técnica tradicional utilizada para fijar dunas y reducir la erosión eólica.

El tercer enfoque combinó ambas estrategias: paneles solares elevados y vegetación plantada debajo de su estructura, aprovechando la sombra generada por los módulos.
Los resultados fueron concluyentes. Ni la presencia aislada de paneles ni la simple introducción de arbustos lograron modificar de manera significativa las condiciones del suelo.
En cambio, la combinación de infraestructura solar y vegetación produjo un cambio profundo en la dinámica del ecosistema. Bajo los paneles, el suelo comenzó a retener mayor humedad, se redujo la temperatura superficial y disminuyó la evaporación del agua, creando un microclima más favorable para el desarrollo vegetal.
Suelos fértiles donde antes solo había arena
En las parcelas donde coexistieron paneles solares y cultivos, los investigadores observaron un proceso de recuperación progresiva del suelo.
Las raíces de las plantas lograron penetrar capas más profundas, transportando carbono y favoreciendo la acumulación de materia orgánica. Este proceso, a su vez, estimuló la actividad de microorganismos, acelerando el reciclaje de nutrientes y mejorando la estructura del suelo.
El cambio no fue solo químico, sino también físico. La vegetación ayudó a estabilizar la superficie, reduciendo la acción erosiva del viento, uno de los principales factores de degradación en Kubuqi.
En términos prácticos, el experimento demostró que la energía solar puede funcionar como una herramienta indirecta de restauración ambiental cuando se integra a una planificación territorial inteligente.

Este enfoque rompe con la lógica tradicional que separa infraestructura energética y conservación ambiental. En lugar de competir por el uso del suelo, ambas dimensiones pueden potenciarse, especialmente en regiones donde la agricultura convencional resulta inviable.
La “gran muralla solar” y su impacto territorial
El caso de Kubuqi se inscribe dentro de una estrategia más amplia del Estado chino para frenar el avance de la desertificación.
La llamada “gran muralla solar” no solo busca generar electricidad a gran escala, sino también actuar como una barrera física y ambiental frente a la expansión de las zonas áridas.
En este sentido, la función de los paneles va más allá de lo energético: ayudan a modificar las condiciones microclimáticas, facilitan la reintroducción de vegetación y mejoran la calidad de vida de las comunidades locales.
Según destacó un artículo del medio especializado Meteored, el éxito del modelo despertó el interés de otros países que enfrentan procesos similares de degradación ambiental.



